Venezuela: Venezuela, callejón sin salida

Por:

Joaquín Fermandois

En:

El Mercurio

País:

Columnas

Fecha:

5 de marzo de 2014

» Hubo un rasgo de teleserie en Chávez y ahora en Maduro, y quizás es en lo que ello significa que es difícil que puedan avanzar hacia un totalitarismo moderno…»

 

Por fin, en sus últimos momentos, la administración Piñera se atrevió a pronunciarse sobre Venezuela. Algo es algo. Uno de los hechos más asombrosos de la condición latinoamericana es mirar lo que sucede en Venezuela y fingir que es lo más normal del mundo, endosando aprobación a un régimen y estilo que es lo contrario de lo que definió la ya fenecida cláusula democrática de hace dos décadas. Es una inconsecuencia que en el mediano plazo traerá consecuencias para la solidez de la democracia en la región.

A su vez, Nicolás Maduro ha apuntado a la analogía con Chile en 1973 para explicar el enervamiento sin fin de la Venezuela actual, y en realidad hay alguna comparación que es válida, sobre todo porque corresponde a una ardorosa división en el interior del país, donde pareciera que no caben las dos partes. Sin embargo, hay diferencias que no permiten predecir con soltura el curso de los acontecimientos. Si la alternativa fuera la caída del gobierno -algo que se ve extremadamente difícil- y se convocara a nuevas elecciones, la historia no terminaría ahí. Sabemos que estos movimientos populistas radicales perduran y podrían perfectamente regresar al poder por las vías constitucionales, aunque carezcan de espíritu democrático. Mientras conserven su meta «socialista», tal como la definen sus dirigentes, se debe anotar la curiosidad de que América Latina tiene el discutible privilegio de ser la única región del globo donde las fórmulas marxistas o neomarxistas son todavía propaladas desde los gobiernos, aunque, para ser más latinoamericanos todavía, en una especie de revolución a medias y de golpe de Estado permanente.

Hay dos desenlaces que por ahora parecen imposibles. El primero, un golpe de Estado llevado a cabo por los militares (o civiles apoyándose solo en la fuerza militar), está excluido, no porque la democracia esté asentada o las fuerzas armadas hayan sido ideologizadas. El asunto es que en gran parte del mundo -aunque no en todo el mundo- la clase militar dejó de ser un actor político en el sentido en que lo había sido en el siglo XX, en especial en América Latina hasta aproximadamente 1980. Bajo un régimen militar, sus partidarios muy luego comenzarían a rezongar (entre tantos motivos, porque es inevitable que en tal caso la economía empeore antes de mejorar) y el gobierno se quedaría en la pura represión. Y no tendría legitimidad internacional.

El segundo desenlace sería que el régimen chavista avance hasta una completa dictadura de tipo marxista. Ganas no le han faltado, pero da la impresión de que se le pasó la hora (ojalá no me equivoque). Por algunos signos: se carece del ascetismo que en otras latitudes mostraban los revolucionarios de la primera hora (después se corrompen igual); en términos de seguridad en las calles, todo el sistema de milicias y guardias armadas no ha impedido una violencia desatada que supera incluso a la de gran parte de Centroamérica. Sobre todo, una revolución marxista tendría que organizar al país de una forma centralizada de la cual su aparato ya no es capaz, y enfrentar la atmósfera internacional que le sería desfavorable, con fronteras porosas (ningún marxismo establecido sobrevivía sin su cortina de hierro). Hubo un rasgo de teleserie en Chávez y ahora en Maduro, y quizás es en lo que ello significa que es difícil que puedan avanzar hacia un totalitarismo moderno. Mientras tanto, el país va a tumbos y sus dirigentes se contentan con ser émulos quizás inconscientes de Benito Mussolini (maestro en el género de teleserie), construir «hombres nuevos» -entelequia inexistente- y ser guapos y guapear ante los países de la región.

 

Publicado originalmente en El Mercurio, el 4 de marzo de 2014