Venezuela: Juego fallido

Por:

Tamara Avetikian

En:

El Mercurio

País:

Columnas

Fecha:

19 de marzo de 2014

«Sin resultados en esos aspectos, a Maduro no se le puede seguir reconociendo como un gobernante democrático, y Unasur tendrá que aceptar su incapacidad para desarticular la crisis venezolana…»

 

Al Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, no le resultó el juego político que intentó hacer en Chile. Trató, sin éxito, de convocar a una reunión de Mandatarios de Unasur, en medio del cambio de mando presidencial. Pretendía recibir un respaldo contundente de sus pares, y así salir fortalecido ante la oposición de su país. Bastaba que el gobierno chileno se opusiera para que no lo lograra. Se ha dicho que Brasil apoyaba la postura venezolana; al parecer, no era incondicional, y estuvo finalmente de acuerdo con la propuesta chilena de que fueran los cancilleres quienes se pronunciaran.

La declaración que emitieron los ministros, aunque bastante tibia en cuanto a exigir el respeto a los derechos ciudadanos, fue un balde de agua fría para las expectativas venezolanas. Seguramente Maduro previó la situación y eso lo habría hecho suspender su viaje a Valparaíso. La excusa fue otra: quiso evitar provocaciones y «empañar» las ceremonias, porque supo «de un show preparado por la derecha momia» en su contra. Como siempre, Maduro no reconoce su debilidad y le echa la culpa al empedrado. Tal como ocurre con la profunda crisis que vive Venezuela. Para él no son las políticas del gobierno las responsables de que la economía sea un desastre, que la inflación se haya disparado y que en los supermercados falte papel higiénico, sino la codicia de empresarios inescrupulosos. No son las leyes injustas que ha promulgado ni la persecución y los abusos a los derechos de los opositores los causantes de las manifestaciones contra su autoritarismo, sino el odio de sus contrincantes. Tampoco es la represión la culpable de la espiral de violencia, sino los actos de «fascistas» que buscan derrocarlo, apoyados por oscuras fuerzas externas.

Para Maduro, la mitad de los venezolanos, los que están en su contra, no son dignos de respeto. Es cierto, el delfín de Chávez fue elegido en las urnas, pero ha abusado del sistema autoritario que heredó de su mentor, y que fue creando por medio de leyes ad hoc, aprobadas por un legislativo fiel. También es cierto que la oposición no pudo derrotarlo en abril pasado. Pero no por eso puede ser aplastada; merece la libertad de expresar sus convicciones, de pedir que se enmiende el rumbo del gobierno, y tener la seguridad de que no se vulneren sus derechos.

La comisión que creó Unasur para mediar entre gobierno y oposición puede ser un fiasco, a menos que consiga sentar a todos los actores en la mesa de negociación y que ahí se hablen los temas que importan, como el fin de la represión y el desarme de los grupos armados, revisar las medidas políticas y económicas que dividen a la sociedad, garantizar un Estado de Derecho con una justicia independiente y una prensa libre que no se autocensure por temor a las represalias.

Sin resultados en esos aspectos, a Maduro no se le puede seguir reconociendo como un gobernante democrático, y Unasur tendrá que aceptar su incapacidad para desarticular la crisis venezolana.

 

 

Publicado originalmente en El Mercurio, el 17 de marzo de 2014.