Latinoamérica: El miedo y los populismos

Por:

Lluis Foix

En:

La Vanguardia

País:

Columnas

Fecha:

18 de diciembre de 2015
Uno de los rasgos de los populismos es señalar a los enemigos que están fuera, que nos odian o que nos quieren destruir. Ningún país es inmune a esta simplificación de la política.

 

Una sensación de inseguridad recorre Europa y el mundo occidental. Los tiempos de cambios no responden únicamente al desgaste de los sistemas democráticos sino a la transformación que se ha producido en la sociedad en poco más de una generación. La democracia es un vehículo que transporta y administra los intereses contrapuestos de toda sociedad.

La inseguridad crea miedo. Y el miedo puede promover soluciones fáciles y rápidas, gestionadas por el que monta un discurso que demuestre cómo los gobiernos engañan o sirven mal a los ciudadanos. No nos engañemos, la política y los políticos son necesarios. En la versión de la vieja política o de la nueva. Lo que es siempre desaconsejable es poner el contador a cero, con la pretensión de que todo lo que se ha hecho hasta ahora es caduco, corrupto y mal gestionado.

Hay políticos y partidos que se pierden en los recodos de la historia porque ya no sirven para lo que fueron fundados. Es sintomático el cambio de siglas, de nombres y de programas. No se trata solamente de confusión semántica sino de transformaciones de fondo. Los que se ponen camisetas con siglas distintas es que están jugando en equipos diferentes. Los votantes lo saben y actuan en consecuencia.

A la larga, las sociedades juzgan mejor los actos que las intenciones, las realidades que los discursos y la coherencia acaba obteniendo premio. Pero, mientras tanto, los relatos se imponen con la ayuda de argumentos simples que son la antesala de los populismos.

Uno de los rasgos de los populismos es señalar a los enemigos que están fuera, que nos odian o que nos quieren destruir. Ningún país es inmune a esta simplificación de la política. La irrupción deDonald Trump en el debate republicano en Estados Unidos es una consecuencia del miedo de la comunidad blanca, anglosajona y protestante (los wasp) a perder el control político de un país en el que las minorías van equilibrando demográficamente a la población y a las élites de procedencia europea que han controlado el poder enWashington desde el comienzo. Los atentados de los yihadistas delEI en tantos países han llevado a Trump a sacar el espantajo de la inmigración anunciando que prohibiría la entrada de los musulmanes en Estados Unidos.

El populismo norteamericano ha conseguido más del 50% en las encuestas de la batalla de los republicanos. Dice Marc Fumarolique, para Estados Unidos, la democracia es una aristocracia sin nobleza, abierta a todos, una competición deportiva como el maratón de la Quinta Avenida. Todo muy mezclado, todos en la línea de salida, pero que gane el mejor. La historia demuestra que los más preparados no son siempre los que ganan.

Las personas cuentan y sus cualidades son valoradas por los electores. Pero si un político quiere servir a todos con las ideas y programas que representan a unos pocos, lo normal es que acabe en un precipicio. Sin embargo, ahora son épocas de agitar el miedo contra los demás. En Europa los populistas de derechas están en el poder en Hungría y en Polonia. Y forman parte del Gobierno enFinlandia y Suiza. Tienen altas bolsas de votantes en Holanda,Dinamarca, Suecia y Gran Bretaña. En Francia, Marine Le Pen perdió en la segunda vuelta de las regionales pero es la fuerza más votada, lo que le puede permitir llegar a la segunda vuelta de las presidenciales del 2017.

El populismo de derechas se impone en la Europa del norte y el de izquierdas acampa en los países meridionales. Grecia y Portugalson dos ejemplos, no iguales ­pero muy parecidos. El ­elemento común del re­surgimiento de los populismos en toda Europa y Estados Unidos es el miedo a perder la seguridad eco­nómica y la identidad cultural. Roosevelt y Kennedy fueron populistas progresistas, y Ronald Reagan fue un populista conservador. El capitalismo popular de Margaret Thatcher fue una experiencia que ha tenido una gran proyección en la Europa de los últimos treinta años.

En lo que queda de campaña para las elecciones del domingo próximo también se debate en tonos populistas desde la derecha y desde la izquierda. Con el nacionalismo de Estado a cuestas o con los nacionalismos que, como es el caso catalán, quieren crear una sociedad en la que el pueblo tiene que recuperar su protagonismo, bien en nombre de la nación o del ciudadano. No es lo mismo.

En todo caso, la corrupción no puede quedar impune y las desigualdades tienen que reducirse. Una sociedad estructuralmente corrupta no puede pro­gresar. Y un sistema cerrado a los mer­cados, con fronteras reales o imaginarias, que niegue la libre circulación de personas reconociendo su dignidad, no tiene futuro en un mundo globalizado. La interde­pendencia se está imponiendo por la fuerza de los hechos. Es compatible con la defensa firme de la cultura y los rasgos diferenciados propios de cada sociedad, pueblo o nación.

 

Publicado originalmente en La Vanguardia el 16 de diciembre de 2015

© FoixBlog