Venezuela: Después del encuentro de Miraflores

Por:

Adolfo Taylhardat

En:

El Universal

País:

Columnas

Fecha:

17 de abril de 2014

No fue diálogo. Todas las definiciones de la palabra diálogo coinciden que su objeto es lograr un acuerdo o encontrar una solución.

No fue debate porque no hubo discusión.

En mi opinión fue un simple encuentro entre dos sectores antagónicos en el cual no hubo controversia. Los participantes se limitaron a exponer puntos de vista.

De un lado la voz del amo. La repetición de las consabidas falsas acusaciones acompañadas de loas y expresiones de lealtad, o más bien de sumisión incondicional al jefe máximo.

En la cara de los cancilleres extranjeros se apreciaba claramente el tedio y el cansancio por escuchar (por tercera vez) los mismos ataques a la oposición, los mismos argumentos cínicos e hipócritas para descalificar  a la dirigencia  opositora.

En el otro lado, el sector de la oposición que asistió bien coordinado. Cada orador centró su intervención en un tema específico de la amplia agenda de problemas que aquejan al país. Además, presentaron propuestas y exigencias concretas fundamentadas en la Constitución. Como era de esperarse fueron a parar en un saco roto.

En fin de cuentas el encuentro fue útil por el solo hecho de haber sido la primera vez que la disidencia y el oficialismo se sentaron en una misma mesa, frente a frente.

Creo que la oposición incurrió en varios errores que no deberían repetirse.

1) El encuentro no ha debido efectuarse en Miraflores y mucho menos en el salón del Consejo de Ministros en el cual la sombra del régimen envolvía a todo el mundo. En un artículo anterior mío dije que si llegaba a haber un diálogo debía tener lugar en un sitio neutro, y, bajo ningún respecto en una dependencia oficial.

2) En ese mismo artículo opiné que el ilegítimo debía participar en persona en cualquier encuentro con la oposición y que mientras jugara el  papel de participante debía despojarse de su condición de Presidente para evitar que su condición de jefe de Estado (por usurpación) pueda influir en el ánimo de los dialogantes.

Lo que vimos por televisión confirma esas aprehensiones: el ilegítimo sentado en el extremo de la mesa, en el lugar que usualmente ocupa cuando preside las reuniones del Consejo de Ministros,   presidiendo la reunión (¿quién le atribuyó ese papel?), y empleando abusivamente el derecho de palabra.

Pero veamos qué ha pasado desde la reunión de la semana pasada.

El exyerno del difunto Führer, que hoy ocupa el segundo lugar en la jerarquía del Ejecutivo ya advirtió que «en muchos aspectos no se podrá llegar a acuerdos dentro de las mesas de diálogo» o lo que es lo mismo: habrá acuerdos en aquellos temas que nosotros (el ilegítimo y su combo) decidamos.

El descabellado presidente de la Asamblea Nacional sentenció «hay que ser descarado para pedir en plena situación una Ley Amnistía» –¿a cuál situación se refiere?, ¿a la caótica en que se encuentra el país? Se le ha dicho muy claro al oficialismo: mientras haya presos políticos no habrá diálogo.

El zar de la economía y del petróleo dice: «ustedes consideran que nuestro proyecto (económico) está fracasado, nosotros tenemos la idea de que es profundamente exitoso». No hay, definitivamente, el más mínimo interés en salvar al país del desastre económico que se avecina a pesar de las contundentes advertencias presentadas por varios expositores durante  el encuentro en Miraflores.

El ilegítimo sostiene que las minorías (la oposición, según él) deben aprender a respetar a la mayoría (supuestamente el oficialismo). Esto significa que desconoce el hecho de que en las últimas elecciones presidenciales la oposición demostró que no es minoría y hasta más bien constituye la mayoría.

No se han enfriado las sillas del encuentro y arremete con toda saña contra la disidencia como si nada hubiera pasado: «la oligarquía sigue con la tentación permanente de derrocar la revolución… ha lanzado guerra económica, guerra eléctrica, guerra psicológica, las guarimba… no respeta el poder soberano a través del voto… la milicia es el pueblo en armas y tiene su razón de ser en los conceptos de unión cívico militar de la Constitución Bolivariana«.

Estas breves referencias son suficientes para darse cuenta de que de parte del Gobierno no existe la más mínima voluntad de negociar una salida digna y ecuánime para superar la crisis que está propulsando al país hacia la ruina y la catástrofe.

Está claro que el ilegítimo solo aspira a que se le reconozca legitimidad y envolver a la disidencia en su parodia de «mesas de negociación» nacionales, estadales, comunales, etc., para impresionar a la opinión pública externa y hacerle creer que hay voluntad para entenderse al mismo tiempo que arrecian las agresiones, las detenciones, los atropellos, los abusos, las torturas y hasta los robos por parte de la fuerza pública.

 

* Abogado y Doctor en Estudios Internacionales, Universidad Central de Venezuela 

@taylhardat  /  www.adolfotaylhardat.net/blog2

Publicado originalmente en El Universal (Venezuela), el 16 de abril de 2014